Me torturaba pensando si había comido siete u ocho uvas. Me paraba en la cocina por horas tratando de decidir si iba a permitirme a mí misma comer o no.
Tenía dieciocho años cuando empecé a pensar en las calorías. Siempre había sido delgada y nunca tuve que preocuparme por lo que comía. Lo que es más, muchas veces pensé que unos kilos más no me vendrían mal.
Fue un chico el que me hizo cambiar de opinión sobre mi peso. No lo culpo a él de mi anorexia ni a ninguna otra persona. Pero estaba enamorada de mi mejor amigo. Él era muy popular entre las chicas y me contaba todo sobre sus conquistas, coqueteos y atracciones. Su enfoque principal era lo físico. Le gustaban las chicas lindas y le gustaban las muy delgaditas. No salía con una chica si no era lo suficientemente delgada. Fue así que empecé a pensar en mi peso.
Luego ocurrió algo aún más específico relacionado también con mi amigo. Me empezó a hacer bromas sobre mi peso, lo que era ridículo porque de acuerdo a mi altura pesaba menos del promedio. Pero me afectó. Dejé de comer cosas que disfrutaba y empecé una rutina estricta de ejercicios. Y aunque yo lo llamaba una dieta, no se sentía como una dieta. Pensé que quizá finalmente lo conquistaría si perdía el peso suficiente.
Estaba enferma
Perdí 20 libras rápidamente una pérdida de peso bastante drástica, considerando que medía 5'9" y pesaba sólo alrededor de 125 libras. Empecé a comer "comidas seguras", como vegetales crudos y yogur descremado. Si podía me salteaba completamente las comidas. La gente empezó a darse cuenta, pero yo siempre tenía una excusa. "Mi trabajo me obliga a correr de un lado para otro". "En realidad no me gustan los fritos". "No tengo ganas de comer helado". "Ir al gimnasio me hace sentir bien".
Me torturaba pensando si había comido siete u ocho uvas. Me paraba en la cocina por horas tratando de decidir si iba a permitirme a mí misma comer o no. Corría cuatro, cinco, seis, siete millas. Me despertaba con una sensación de pánico pensando que había comido algo que no debería haber tocado. Masticaba comida sólo para sentir el gusto y después la escupía. Tiraba grandes cantidades de comida a la basura. Si salía a comer con otra gente, escupía la comida en la servilleta, o la movía de un lado al otro del plato, o inventaba historias de por qué no podía comer.
Durante cuatro años fue así. Lo que la gente muchas veces no entiende sobre los trastornos alimenticios es que te consumen la vida. Mi problema se convirtió en mi vida. Era anoréxica y eso era todo lo que era.
No quería mejorarme
No podía mantener una relación con mis amigos y familiares, y ni hablar de una relación romántica. Dejé de tener intereses o pasatiempos. Lo único que quedaba era mi anorexia. Y en eso era muy buena. Era excelente en patrones de no comer y rutinas de ejercicio. Me sentía fuerte y con éxito por haberlo logrado.
Era una exaltación constante. Iba al mercado y miraba toda la comida, y cuando salía sin comprar nada me sentía poderosa. Estaba orgullosa de sobrevivir con tan poco. Cuando caminaba por la calle y miraba a otras mujeres pensaba, "Yo puedo hacer algo que tú nunca podrías".
Me estaba muriendo
Comencé a perder el cabello. Me sangraban las encías. Mi piel adquirió una tonalidad gris. Me costaba caminar porque me dolían las rodillas debido a la cantidad de millas que corría obsesivamente. Se me interrumpió el período. Mi ritmo cardíaco disminuyó notablemente. Incluso las sustancias químicas en mi cerebro se vieron afectadas por la desnutrición, lo que me causó depresión.
Y además estaba la fatiga. Me cansaba abriendo una puerta o subiendo las escaleras. Pero lo que más quería hacer era correr más, hacer otro video aeróbico, estar más activa. Trataba de ir caminando a todos lados para perder calorías extra. No tomaba el ascensor porque sabía que las escaleras me ayudarían a quemar un poco más de grasa.
Ayuda
No sabía si podía vivir una vida sin anorexia y me parecía casi tonto intentarlo. Me tomé una licencia de un semestre en la universidad para concentrarme en un tratamiento como paciente externo, que consistía de sesiones con una terapeuta, una experta en nutrición y un especialista en trastornos alimenticios. Cuando empeoré, mi terapeuta aconsejó la hospitalización. Lo habíamos hablado antes, pero esta vez fue diferente. Recuerdo que estaba parada en la cocina atormentada por lo que debería comer y de repente pensé. "Me doy por vencida, iré".
Pasé seis meses hospitalizada. Fue horrible y maravilloso. Paralizante y liberador. Atemorizante y reconfortante. Tenía 21 años, pero necesitaba alguien que me cuidara. Necesitaba que alguien me dijera qué es lo que debía comer y luego necesitaba alguien que me ayudara a comerlo. Necesitaba saber que había alguien del otro lado de la puerta cuando me despertaba por la noche llena de pánico por lo que debería comer al día siguiente. Necesitaba que alguien se asegurara que no estuviera subiendo y bajando escaleras. Necesitaba que alguien me dijera una y otra vez que mi cuerpo necesitaba descanso.
Recuperación
Cuando se trata de trastornos alimenticios no existe una solución rápida. Tuve que hablar sobre cosas de las que no quería hablar. Tenía que entender cómo la anorexia me "servía" y por qué me costaba tanto dejarla ir. Tenía que analizar porqué necesitaba sentirme distante de la vida. Y simplemente, aunque no menos difícil, tenía que comer cuando no tenía ganas.
Los expertos en trastornos alimenticios enfatizan que es posible recuperarse completamente de la anorexia, y que las personas como yo pueden vivir una vida completamente normal en relación con la comida. Pero casi tres años después que me dieron de alta, aún me cuesta. En momentos de estrés, aún vuelvo a las tendencias anoréxicas. Durante gran parte de mi vida, la anorexia era lo único que conocía y no es fácil superar ese sentimiento.
Pero la recuperación es posible. A veces, sin lugar a dudas, me es difícil, pero tengo una vida que nunca pensé posible. Estoy feliz. Y si bien la anorexia siempre será parte de lo que soy, la enfermedad ya no me define. Soy una persona real con una vida real. Y de eso se trata la recuperación.
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